martes, julio 12, 2005
Vecinos autoconvocados de Córdoba: “Nosotros luchamos por la revolución”
Llegué, me atiende Ramón, y me explica que él es quien cuida ahí en el centro de vecinos autoconvocados de Alta Córdoba. “Vas a tener que esperar un poco, porque los chicos recién llegan de una actividad en la municipalidad y les estamos dando de comer para reponer fuerza así pueden luchar mejor” me dice mientras se sonríe tímidamente. “Si vos querés, disculpe, si usted quiere, se puede sentar a esperar”. Es un garage, que quizá en algún tiempo fue taller. Es muy frío. El día está muy frío. Hay hileras de sillas a los lados. Se ven varios afiches de HIJOS, algunos de Chávez, un afiche amarillo que en fibrón explica por qué San Martín quería liberar al país del imperialismo y resaltaba que su lucha era popular, un poster (infaltable) del Che, y sobre un tablón que hace de mesa un montón de afiches que dice “FUERA AGUAS CORDOBESAS”. Esa es la campaña en que están volcados, entre otras muchas cosas, los vecinos. Después me explicarían mas en detalle, que agua cordobesas (que de cordobesas no tienen nada, vale aclarar, y que como casi todo en este país está privatizada y en manos extranjeras) si no pagabas los $5 por dos meses seguidos te corta el agua. Me mostraron una “monedita” (como ellos le dicen) que tiene un agujerito. “Esto te lo ponen en la canilla y dejan que gotee para que puedas juntar 50 litros de agua por día. Para una familia de seis eso es criminal. Imaginate si hay un enfermo en la familia.” me diría después Horacio.
Al rato llega el primero de los “chicos”. Norma (57 años). “Me tocó hablar a mí” dice mientras se ríe. Nos explica que con quienes pensábamos hablar estaban en una reunión en el concejo (se refiere al concejo donde se juntas todos los movimientos de base de Córdoba). En pocas líneas. Norma está desempleada, y se justifica diciendo que se cansó de buscar trabajo y que se le rieran cuando decía la edad. Hace 7 años dejó de buscar un trabajo que no había. Antes trabajaba para “una empresa que hacía esas cosas que Telecom. (refiriéndose a ENTEL) antes no hacía. Después vino la tecnología y todo lo de los circuitos directos entre comercios, y eso lo hace la misma empresa, entonces la empresa cerró y se fue a Bolivia”. Ahora hace artesanías. “Igual con eso no alcanza, ¿viste?”. Dice desde detrás de sus anteojos muy viejos de marco marrón jaspeado. “Tenemos para la comida, pero uno estaba acostumbrado a sus lujos. Yo antes podía comprarme ropa cada tanto o comprarle un juguetito una vez por semana a mi hijo. Ahora ni podemos pagar las cuentas”. Ella estudió tres años, “catorce materias”, de la carrera de letras modernas, pero aclara que para los números es un desastre. “Mirá, yo trabajaba 4 horitas en un comercio y después a la tarde cuidaba chicos, entonces podía estudiar bárbaro. Pero después uno entra en los horarios de comercio y ya trabaja todo el día, y vas dejando una materia, y después otra y cuando te das cuenta ya no podés estudiar porque cada día trabajás más y más horas”. Me cuenta que ella nunca antes había militado, “ni siquiera en la facultad”, aclara, “pero acá estoy desde el 98”. “Básicamente nosotros peleamos por la vivienda como un derecho” y luego de un silencio agrega “por la vivienda y el trabajo, porque nosotros queremos trabajar, no queremos los planes”. Después me cuenta de su organización y me aclara “acá todo se decide horizontalmente, acá nadie manda, se vota, si la mayoría levanta la mano, se hace, si no, no”. Después se emociona cuando me cuenta que tienen una escuela de oficios “les enseñamos carpintería, albañilería y derechos. Es importante conocer nuestros derechos, y luchar por ellos. Ese es un problema, nadie conoce sus derechos”. Cuando le pregunto si ellos tienen algún enemigo: “Sí, el Estado… el Estado y los martilleros que nos quieren rematar las casas… nosotros fuimos a hablar con ellos, pero no nos escucharon... ¿qué se puede esperar de gente que no te escucha? Son buitres”.
Horacio es de Catamarca, se vino a los 16 años del campo “éramos distintos antes, no como los chicos de ahora que están todo el día en el ciber, nosotros cortábamos leña, arriábamos el ganado, de todo hacíamos” y sonríe, con una sonrisa amplia y honesta a la que le faltan algunos dientes. Cuando llegó, trabajó en la construcción, y todavía lo hace, a la par de trabajar en la cooperativa del centro vecinal como “naranjita”. “A la tarde trabajo de naranjita, y a la mañana hago trabajo en la construcción, cuando hay algo... es que sino no alcanza”. Él sí había militado, “yo milité en el PST, no sé si lo conocés, claro, sí, estaba Nahuel Moreno, el petiso Paez acá en el SITRAC-SITRAM. Era en la época que estaba Atilio López. Pero después los meten presos a todos, y a la mayoría los fusilan. A Tosco como era muy popular lo sacan, porque el pueblo lo saca. Entonces ellos dicen “ta bién, te sacamos” pero afuera le pegan un tiro y chau”. Después militó en el MAS. También intentó mover a la burocracia de la UOCRA en su tiempo, “pero son todos unos mafiosos, esos”. Y desde el 96 está en el centro vecinal. “Nosotros luchamos por la revolución” me dice mientras me mira de reojo y me pregunta si sé que es la revolución, “mirá –toma un cassette que estaba al lado de la grabadora- ves esta cinta, esta cinta duraría diez veces más si se revolucionara, porque todo sería mejor, porque revolucionarias las herramientas, y los hombres somos las herramientas... todo sería mejor” me dice tranquilo y se queda en silencio como pensando que más agregar, y cuando parecía que no tenía mas que decir agrega “nosotros acá tenemos claro que queremos la revolución, pero no hay ningún partido, son todos muy sectarios. Mirá, una vez vino Izquierda Unida a apoyarnos y marchamos juntos. Pero ahí se notó las diferencias. Nosotros con nuestra banderita y todos los compañeros, ese día no estábamos todos, asi que ponele que éramos 150. Ellos con sus dirigentes que les decían para acá, para allá y los llevaban lejos nuestro. Nunca nos mezclamos. Cuando llegamos a la plaza Velez Sarfield, sus dirigentes separaban a su gente de nosotros, entonces yo me enojé y les grité ¡¿tenemos piojos nosotros?! ¿tenemos piojos? le grite” y se ríe como si fuera la mayor travesura del mundo, “seguro se enojaron” y vuelve a reírse mucho. “Ah, –recuerda- y una vez también vino el Polo Obrero y también con cordones y su “salitas” adelante... son muy sectarios todos, por eso no hay partido”. Me cuenta que él está bien, “yo como todos los días. Pero no me alimento, eh. Es que al medio día como un sandwichito en la calle. Es que si entrás a un bar se te va el trabajo del día, mínimo cinco pesos te sale. Y a la noche como papa con arroz, arroz con papa, papa con arroz” y se ríe despatarradamente, después se pone mas serio y agrega “es que te llenás y decís, que rico, fideos, hasta con manteca los hice, pero estas así lleno, pero no alimentado. ¿Sabés como me gustaría comerme un bife con huevo? bah! yo no, la familia entera, pero no un bife así grandote, uno normal nomás”.
Apagamos el grabador y nos quedamos charlando un rato de política, de cañerías, del frío. Nos damos las manos y me voy pensando que nunca había escuchado tanto la frase “es que no alcanza” en mi vida. Pocas veces había visto el hambre hablar tan sincera y abiertamente. Hoy más que nunca vuelvo a mi casa convencido de que con la revolución todo va a ser mejor, como me dijo Horacio. Todo. O al menos el hambre, y que para ellos ya es todo.
Al rato llega el primero de los “chicos”. Norma (57 años). “Me tocó hablar a mí” dice mientras se ríe. Nos explica que con quienes pensábamos hablar estaban en una reunión en el concejo (se refiere al concejo donde se juntas todos los movimientos de base de Córdoba). En pocas líneas. Norma está desempleada, y se justifica diciendo que se cansó de buscar trabajo y que se le rieran cuando decía la edad. Hace 7 años dejó de buscar un trabajo que no había. Antes trabajaba para “una empresa que hacía esas cosas que Telecom. (refiriéndose a ENTEL) antes no hacía. Después vino la tecnología y todo lo de los circuitos directos entre comercios, y eso lo hace la misma empresa, entonces la empresa cerró y se fue a Bolivia”. Ahora hace artesanías. “Igual con eso no alcanza, ¿viste?”. Dice desde detrás de sus anteojos muy viejos de marco marrón jaspeado. “Tenemos para la comida, pero uno estaba acostumbrado a sus lujos. Yo antes podía comprarme ropa cada tanto o comprarle un juguetito una vez por semana a mi hijo. Ahora ni podemos pagar las cuentas”. Ella estudió tres años, “catorce materias”, de la carrera de letras modernas, pero aclara que para los números es un desastre. “Mirá, yo trabajaba 4 horitas en un comercio y después a la tarde cuidaba chicos, entonces podía estudiar bárbaro. Pero después uno entra en los horarios de comercio y ya trabaja todo el día, y vas dejando una materia, y después otra y cuando te das cuenta ya no podés estudiar porque cada día trabajás más y más horas”. Me cuenta que ella nunca antes había militado, “ni siquiera en la facultad”, aclara, “pero acá estoy desde el 98”. “Básicamente nosotros peleamos por la vivienda como un derecho” y luego de un silencio agrega “por la vivienda y el trabajo, porque nosotros queremos trabajar, no queremos los planes”. Después me cuenta de su organización y me aclara “acá todo se decide horizontalmente, acá nadie manda, se vota, si la mayoría levanta la mano, se hace, si no, no”. Después se emociona cuando me cuenta que tienen una escuela de oficios “les enseñamos carpintería, albañilería y derechos. Es importante conocer nuestros derechos, y luchar por ellos. Ese es un problema, nadie conoce sus derechos”. Cuando le pregunto si ellos tienen algún enemigo: “Sí, el Estado… el Estado y los martilleros que nos quieren rematar las casas… nosotros fuimos a hablar con ellos, pero no nos escucharon... ¿qué se puede esperar de gente que no te escucha? Son buitres”.
Horacio es de Catamarca, se vino a los 16 años del campo “éramos distintos antes, no como los chicos de ahora que están todo el día en el ciber, nosotros cortábamos leña, arriábamos el ganado, de todo hacíamos” y sonríe, con una sonrisa amplia y honesta a la que le faltan algunos dientes. Cuando llegó, trabajó en la construcción, y todavía lo hace, a la par de trabajar en la cooperativa del centro vecinal como “naranjita”. “A la tarde trabajo de naranjita, y a la mañana hago trabajo en la construcción, cuando hay algo... es que sino no alcanza”. Él sí había militado, “yo milité en el PST, no sé si lo conocés, claro, sí, estaba Nahuel Moreno, el petiso Paez acá en el SITRAC-SITRAM. Era en la época que estaba Atilio López. Pero después los meten presos a todos, y a la mayoría los fusilan. A Tosco como era muy popular lo sacan, porque el pueblo lo saca. Entonces ellos dicen “ta bién, te sacamos” pero afuera le pegan un tiro y chau”. Después militó en el MAS. También intentó mover a la burocracia de la UOCRA en su tiempo, “pero son todos unos mafiosos, esos”. Y desde el 96 está en el centro vecinal. “Nosotros luchamos por la revolución” me dice mientras me mira de reojo y me pregunta si sé que es la revolución, “mirá –toma un cassette que estaba al lado de la grabadora- ves esta cinta, esta cinta duraría diez veces más si se revolucionara, porque todo sería mejor, porque revolucionarias las herramientas, y los hombres somos las herramientas... todo sería mejor” me dice tranquilo y se queda en silencio como pensando que más agregar, y cuando parecía que no tenía mas que decir agrega “nosotros acá tenemos claro que queremos la revolución, pero no hay ningún partido, son todos muy sectarios. Mirá, una vez vino Izquierda Unida a apoyarnos y marchamos juntos. Pero ahí se notó las diferencias. Nosotros con nuestra banderita y todos los compañeros, ese día no estábamos todos, asi que ponele que éramos 150. Ellos con sus dirigentes que les decían para acá, para allá y los llevaban lejos nuestro. Nunca nos mezclamos. Cuando llegamos a la plaza Velez Sarfield, sus dirigentes separaban a su gente de nosotros, entonces yo me enojé y les grité ¡¿tenemos piojos nosotros?! ¿tenemos piojos? le grite” y se ríe como si fuera la mayor travesura del mundo, “seguro se enojaron” y vuelve a reírse mucho. “Ah, –recuerda- y una vez también vino el Polo Obrero y también con cordones y su “salitas” adelante... son muy sectarios todos, por eso no hay partido”. Me cuenta que él está bien, “yo como todos los días. Pero no me alimento, eh. Es que al medio día como un sandwichito en la calle. Es que si entrás a un bar se te va el trabajo del día, mínimo cinco pesos te sale. Y a la noche como papa con arroz, arroz con papa, papa con arroz” y se ríe despatarradamente, después se pone mas serio y agrega “es que te llenás y decís, que rico, fideos, hasta con manteca los hice, pero estas así lleno, pero no alimentado. ¿Sabés como me gustaría comerme un bife con huevo? bah! yo no, la familia entera, pero no un bife así grandote, uno normal nomás”.
Apagamos el grabador y nos quedamos charlando un rato de política, de cañerías, del frío. Nos damos las manos y me voy pensando que nunca había escuchado tanto la frase “es que no alcanza” en mi vida. Pocas veces había visto el hambre hablar tan sincera y abiertamente. Hoy más que nunca vuelvo a mi casa convencido de que con la revolución todo va a ser mejor, como me dijo Horacio. Todo. O al menos el hambre, y que para ellos ya es todo.
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Y cada uno de nosotros no descansa en hacer su propia revolución, con eso nos alimentamos aquellos a quienes no nos alcanza. Uno aprende, uno lee, uno respira, uno crece, uno encuentra, uno cambia y vuelve a cambiar, uno come, pero no se alimenta; porque eso no alcanza. Sólo me alimento del grito del otro, de los motivos del otro, de cuánto el otro se alimente de uno. Si el otro no puede yo muero. Desde la más absoluta incertidumbre, mi compañía q tampoco alcanza.
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